Por: Priscila Barredo
El 8 de marzo, como la mayoría sabemos, es el día internacional de la mujer. Año con año, los medios de comunicación y diversas organizaciones, se esmeran por darle una mayor difusión a la celebración. Las felicitaciones y los regalos se propician cada vez más, y con un aire de victoria y reivindicación, muchas de las festejadas, nos sentimos orgullosas de que el calendario mundial recuerde que seguimos luchando por nuestros derechos.
Con todo, pocas y pocos conocen que esta fecha conmemora a las mujeres trabajadoras que murieron en un incendio ocurrido en una fábrica textil de Nueva York en 1908, cuando hacían una huelga, para exigir la reducción de jornada, seguridad en el trabajo y tiempo de lactancia. Posteriormente, el día internacional de la mujer fue instaurado en 1910 por la alemana Clara Zetkin, integrante del Sindicato Internacional de Obreras de la Confección, durante el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, Dinamarca. Un año después, más de un millón de mujeres participó públicamente en el primer festejo de tan renombrada fecha. Entre sus demandas más importantes estaban: el derecho al voto y a ocupar cargos públicos, el derecho a trabajar, a la enseñanza vocacional y el fin de la discriminación en el trabajo.
Sin embargo, no fue hasta diciembre de 1977 que la Asamblea General de las Naciones Unidas resolvió establecer el 8 de marzo como Fiesta Internacional de la Mujer.
Dos años después, en 1979, ésta misma, acordó la Convención de eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer; ubicando el tema de la inequidad de género como uno de los puntos a desterrar en la agenda mundial de desarrollo.
La pugna contra los prejuicios, el machismo y la opresión (física e ideológica), tanto de hombres como mujeres, se fue ganando, ya que, luego de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social de Copenhague en 1994 y la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing en 1995, la comunidad internacional dedicó dos de los objetivos de desarrollo del milenio a la situación de las mujeres que deberán ser acatados y debidamente cumplidos hacia el año 2015:
1.-Promover la igualdad de oportunidades entre los géneros y la representación equitativa de ambos sexos en procesos de decisión.
2.-Reducir en tres cuartas partes la mortalidad materna que afecta de manera especial a los países andinos de América Latina, y en el Perú, a Puno.
Hoy, después de cien años desde aquella primera batalla que dio lugar a esta conmemoración en Nueva York, el panorama se vislumbra diferente; y aunque se pueden respirar aires de cierta libertad y justicia tenemos que reconocer que aún nos falta mucho camino por recorrer en esta travesía rumbo a la equidad de género, término que, por cierto, está de moda en los discursos de muchos personajes del ámbito político.
Y es que, pese a que los países latinoamericanos firmaron y ratificaron de forma masiva la mencionada Convención promulgada en 1979, la realidad actual nos lanza varios indicadores de que la tarea no está resuelta, dado que, de los mil 300 millones de pobres que existen en el planeta el 70% son mujeres; las cuales constituyen más de los dos tercios de los 860 millones de personas que no saben leer ni escribir, con un ingreso que suele ser inferior entre un tercio y casi la mitad de lo que gana un hombre, y con las complicaciones durante el embarazo y el parto que mata diariamente a mil seiscientas en todo el mundo.
Los datos también nos muestran que una de cada tres mujeres es víctima de abusos en el mundo, y que es más probable que una mujer de entre 15 y 48 años padezca alguna forma de violencia que cáncer, esto, según Eleonor Faur, oficial de enlace del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).
De hecho, el CLADEM (Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer) situó a Colombia como el país latinoamericano donde menos se respetan los derechos de las mujeres porque todas las partes las utilizan “como botín de guerra”.
En México las cosas no son muy diferentes, ya que en 2006, una encuesta reveló que el 67% de las mujeres mayores de 15 años ha sufrido algún tipo de violencia. En Ecuador, el 37% declaró que vive en permanente situación de violencia, esto, por mencionar algunos ejemplos. Lo cierto es que esta misma situación se vive en toda América Latina. Todavía se padece la violencia de género, un indicio de ello, es el feminicidio, es decir, el asesinato de mujeres por el solo hecho de ser mujeres. Nuestro país, va a la delantera en esta práctica brutal (sobre todo si nos ubicamos en Ciudad Juárez, Chihuahua), puesto que de acuerdo a la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, se estima que entre 1993 y 2005 casi trescientas mujeres fueron asesinadas en esa localidad y 4 mil quinientas permanecen desaparecidas; muchas fueron sometidas a tortura, mutilaciones con saña y/o violencia sexual. Del resto de Latinoamérica no tenemos datos precisos, pero también sucede, y es menester de los gobiernos, principalmente, operar para erradicar cualquiera de estos actos de agresión y discriminación que minan la esperanza de crecer como sociedades sanas y realmente civilizadas.
Por lo anterior, vale la pena destacar que, una de las iniciativas que se han tomado para monitorear la situación global en la que se hallan las mujeres, es la creación del IEG (Índice de Equidad de Género) que sirve para clasificar a los países a partir de ciertos indicadores que reflejan los niveles de inequidad que pueden ser comparables a nivel internacional.
Las regiones que poseen los valores más altos del IEG en 2008 son los de las regiones de América del Norte (75), Europa (72) y América Latina y el Caribe (67). En la media están las naciones de Asia Oriental y el Pacífico (64); y en último lugar están los países de Asia Central (63), África Subsahariana (53), Asia Meridional (49) y, Medio Oriente y Norte de África (48).
Según los datos obtenidos de los últimos informes del IEG, en cuanto a la actividad económica, acceden con menos posibilidades al ámbito laboral en comparación de los hombres; además de que ganan entre 30% y 40% de los ingresos de los varones por el mismo trabajo, lo más lamentable es que, en este rubro, América Latina va a la cabeza.
En relación al empoderamiento, la inequidad se hace sumamente notoria. Pues, a pesar de los avances que muchas féminas han logrado en el mundo empresarial y en el político, en éste último, sólo se ocupa un 17% del total de curules en los parlamentos cuando la meta estaba fijada en 30%. Únicamente 19 estados son los que lo han logrado, de los cuales, 5 lo han conseguido sin necesidad de cuotas de género: Cuba, Finlandia, Dinamarca, Nueva Zelandia y Bielorús.
Sobre la educación, podemos decir que hay más paridad en la mayoría de los países, logro que no debe asentarnos en la confianza, sino en el desafío. Estadísticamente, son las mujeres las que más se gradúan.
Como es de notarse, la llamada ‘equidad de género’, no se hace patente en toda su magnitud. No se puede negar que, la meta a la que se pretende llegar en 2015, nos sigue quedando lejos; no tanto como hace medio siglo, cuando Ruíz Cortines le otorgó el sufragio a la mujer en México, pero sí con una considerable distancia que juntos; gobiernos, organizaciones, instituciones académicas y religiosas, hombres y mujeres, podemos acortar.
Es verdad, son muchos los esfuerzos que se han hecho para lograr la equidad, la cual, contrario a lo que se pueda pensar, no sólo beneficia a la mujer, sino al hombre. Porque, sólo entendiendo que estamos en un mismo nivel, que somos iguales, que no es el género lo que nos da mayor o menor importancia y/o capacidad, es como el progreso y el crecimiento se hará más palpable.
Es labor de todos enseñar a estas nuevas generaciones y reeducar a las que las anteceden, en esta cultura de la igualdad y la justicia para hombres y mujeres.
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